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UNA INCREIBLE EXPERIENCIA

Unas de las cosas más lindas que nos pueden ocurrir en la vida, es cuando un niño o una niña chiquita se para frente a nosotros, nos mira directamente a los ojos y nos abre sus bracitos, pidiéndonos que los alcemos o que los abracemos.
Esto nos habrá ocurrido muchísimas veces en la vida, principalmente con nuestros hijos, pero también con nuestros hermanos o sobrinos, cuando eran chicos.
No hace mucho me ocurrió a mí algo extraordinario y fue, cuando visitamos con Elisabeth una guardería comunitaria, ubicada en la zona de Cateura. La guardería era atendida por un par de madres voluntarias de la zona y por algunas mujeres contratadas, que con mucho amor y paciencia atendían diariamente a 30 o 35 niños y niñas menores de seis años, de familias de escasos recursos o de madres solteras que dejaban ahí a sus hijos para ir a trabajar. El local era precario e improvisado, pero esto era lo mejor que se pudo conseguir, según me comentaron.

Yo aproveché nuestra visita para sacar algunas fotos del lugar y de repente alcé a un niño en mis brazos para que alguien me sacara una foto con él, y cuando terminamos de sacar las fotos, traté de bajar al niño al suelo, pero noté con sorpresa, que él no quería bajarse, pues se apretó a mi y luego me miró a los ojos y me sonrió. Entonces ahí comprendí lo que él quería decirme “Me gusta estar aquí arriba, aquí me siento bien contigo”. Yo también le miré a los ojos, le sonreí, le apreté fuerte y seguidamente le subí a mis espaldas para dar varias vueltas y brincos con él. El, feliz, dio gritos de alegría. Más grande fue mi sorpresa, cuando por fin pude bajarlo y al mirar a mi alrededor, vi que los demás niñitos y niñitas habían formado una fila para que yo hiciera lo mismo con ellos. No podía negarme. Alcé a cada uno de ellos y cuando jadeando terminé de hacerlo con todos, les quedé mirando y pensé. Estos niños necesitan a alguien con quien jugar y correr, que los alce a sus espaldas y dé brincos con ellos. ¿Porqué estos hermosos y tiernos niños y niñas de nuestro país sufren la carencia o la ausencia de jóvenes varones cuidadores, que deberían estar ahora acá jugando y corriendo con ellos, que los abracen y los alcen a sus anchos hombros, que den brincos con ellos, si para eso no hace falta nada más que un poco de comprensión hacia sus necesidades y unas piernas y brazos sanos para hacerlos felices y hacerlos reír? ¿No existen en las familias, los colegios, las universidades, empresas e instituciones públicas de este país jóvenes que comprendan estas necesidades elementales de los niños y niñas de nuestras ciudades y pueblos, que tengan la suficiente sensibilidad y el interés para aprender muchas cosas del mundo de los niños, y así de poder atenderlos de la mejor manera posible? Si lo hicieran, esta será sin duda alguna, la mejor inversión que habrán hecho en sus vidas.

Cuando más tarde visitamos muchas guarderías más en Asunción y alrededores, en ninguna encontramos a jóvenes varones participando del cuidado de los niños. ¿Porqué? De las respuestas que me dieron, saqué la conclusión de que muchas madres no aceptaban que sus hijas pequeñas fueran atendidas por muchachos o por jóvenes varones.

Hoy yo respeto la decisión de esas madres y hasta entiendo sus temores, pero no tengo el derecho de olvidar a esos niños que formaron filas para poder subirse a mis hombros para poder hacerlos reír.

La Fundación Vida Plena asumió hace un año la dirección de un hogar de atención a niños carenciados de la zona del Mercado Central de Abasto de Asunción. Durante cuatro años, cinco mujeres se encargaron de atender a casi 80 niños, en horarios de mañana y de tarde. ¿Quiénes eran estos niños? Eran “Los niños del Abasto”, niños que vivían dentro del mercado con sus familias o con lo que queda de una familia desintegrada; otros que vivían en la margen del mercado, y otros en la villa periférica del mercado. Pero todos vivían del Mercado de Abasto.

En la vida de la mayoría de estos niños, el padre amigo y cuidador es un ser casi desconocido, pero el padre o la madre ausente, indiferente, repelente o prepotente forman parte de su cotidiana y difícil existencia. Cuando conocí a esos niños en el nuevo Centro de Atención Integral, que hoy se denomina “Ñande Rekoha”, volví a notar esa necesidad que sienten todos los niños y niñas, de poder reír, de correr, saltar, trepar y de subirse a los hombros de alguien. Pensé que esto debería cambiar, que necesitábamos encontrar formas y caminos para conseguir que también los jóvenes varones del Paraguay compartan la tarea de atender adecuadamente a los niños, en esta edad en que tanto los necesitan. ¿ Acaso los jóvenes no tienen también hermanitos y hermanitas que necesitan de su mejor atención; acaso más tarde no serán ellos también padres de niños o niñas a quienes desearán el mejor desarrollo o no podrán ser cuidadores de niños en escuelas u hospitales como docentes, médicos o trabajadores sociales? ¿No sería factible entonces poder invitar a jóvenes bachilleres o a estudiantes de las carreras de Estudios Sociales, Psicología o de Formación Docente a trabajar en estas instituciones, o por lo menos, a realizar un voluntariado o una pasantía en algún centro de atención a niños y niñas?

La respuesta o una primera opción surgió, cuando en octubre del 2008 llegaron al Paraguay tres jóvenes suecos de 22, 26 y 27 años. Venían a conocer el trabajo en nuestro Centro de Atención al lado del Mercado Central del Abasto y decidieron realizar un voluntariado de un mes. No estoy acostumbrado a creer en la casualidad ni en que la felicidad pueda ser fruto de un milagro, pero quisiera creer que alguien allá arriba escuchó el ruego de los niños del Abasto. Con Philip, Andreas y Erik llegaron tres jóvenes con una increíble sensibilidad hacia las necesidades auténticas de los niños y las niñas del lugar, sin prejuicios sociales o de actitudes dañinas que pudieran impedir su total dedicación a cada niño o niña, sin problemas para abrazarlos, hacerlos brincar en el aire y ensuciarse con ellos jugando diariamente con ellos horas enteras sobre la oscura tierra roja del Paraguay. Eric, Andreas y Philip vinieron a enseñarnos, sin ningún esfuerzo de nuestra parte, cómo hacer realidad aquel deseo que me comunicó el niñito de la guardería cercana a Cateura.

Tras esta experiencia y al finalizar el año 2008 la Fundación consideró necesario sustituir a una o dos de las cuidadoras contratadas, por varones cuidadores paraguayos. ¿Pero dónde encontrar jóvenes paraguayos que muestren la misma sensibilidad hacia los niños y niñas, como aquellos jóvenes suecos?

En enero del 2009 la Fundación publicó en un diario local un anuncio, en el cual se invitó a jóvenes a participar de la colonia de vacaciones ( que duraría un mes) y tras la cual uno de de los voluntarios podría obtener un contrato para quedarse a trabajar en el Centro. A dos días de haber concluido la colonia de vacaciones, podemos informar, que nuestros jóvenes voluntarios, y principalmente dos de ellos, demostraron una gran sensibilidad y respeto hacia las necesidades de nuestros niños, pusieron en práctica su interés por hacerlos reír y de jugar con ellos sin complejo alguno y sin temor a ensuciarse. Hoy ya no creemos tanto de que hay que ir a Suecia para poder encontrar personas sensibles hacia las necesidades de los niños. Y somos conscientes de que lo que hemos logrado ha sido un paso muy importante. Pero sabemos que aún queda mucho por hacer, sobre todo de parte del estado paraguayo y de la sociedad civil, para lograr que nuestros hermosos niños paraguayos reciban una mejor atención y para poder construir espacios que les permitan poder desarrollarse adecuadamente, desde el día de su concepción.

Invitamos a los jóvenes de nuestro país a participar de esta experiencia que enriquecerá su vida y su futuro personal.

 
 
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